5 jun. 2010

Lugares Comunes

El cine argentino, generalmente, es un cine que no decepciona. No sé qué tienen esos habitantes de América del Sur, qué sensibilidad especial o qué manera de engatusar con su lengua al contar historias, porque las películas les suelen quedar muy bien.

No he visto muchas películas argentinas, y por eso me decidí a ver ésta, para ir ampliando repertorio. Había oído hablar bastante de ella, y sé que era una película que generaba controversia: muchos la amaban, pero para otros muchos, pasaba desapercibida. Por fortuna o por desgracia, yo estoy en el segundo grupo.

Me acerqué a ella de la manera que más me gusta a mí, sin saber nada sobre su argumento. Sin prejuicios de ningún tipo y con ganas de ser sorprendida. Pero la película empezó mal, yo no tuve la culpa. Vi en los créditos que era la adaptación de una novela. Ok, sin problema. Pero entonces empezó la voz en off, y la voz en off narraba, y la voz en off me cansaba. Si algo odio realmente es las adaptaciones de novelas que cantan de lo lindo en una pantalla. La novela tiene su propio lenguaje, y el cine, otro totalmente diferente y no tolero que ambos se mezclen. No me gusta que me cuenten una película por escrito, puesto que una película no son palabras, sino imágenes, y no me gusta que me enseñen fotogramas de paisajes mientras me narran una película.


Por otro lado, la premisa de esta película tampoco me atraía: un hombre que se dedica a la enseñanza al que jubilan anticipadamente por motivos de censura, por cosas relacionadas con la política. Por desgracia para mí, no estoy muy familiarizada con la historia de Argentina, y eso también me ha hecho apartarme un poco más de la película.

Pero no todo podía ser malo, porque ahí estaba Luppi. Federico Luppi, uno de los mejores actores argentinos y uno de mis preferidos de ese país. Y como siempre, su trabajo es magnífico, totalmente natural, es difícil separar al personaje de la persona en la mayoría de sus películas, y en esta así ocurre. A su lado, Mercedes Sampietro, que encima recibió un premio a su interpretación, pero que yo no la veo tan espectacular, y mucho menos si la pones al lado de Luppi, que todo lo eclipsa.

La línea argumental de esta película es tan clara como difusa. He tenido la sensación de que en todo momento sabía lo que me estaban contando, pero no entendía a qué venían esas cosas. Es como si se fueran sucediendo capítulos (como en una novela) que apuntan a una misma dirección pero que parece que no llegan a ningún sitio. Finalmente esta película se resume como un trozo de vida de un hombre en el que tampoco vemos que sucedan unos acontecimientos fuera de lo común. Se hace raro ver una película tan cotidiana, tan cercana, tan naturalista, en la que apenas ocurre nada, aunque eso no es criticable, simplemente ese no es el tipo de cine que más me atrae a mí.

Se me ha hecho bastante aburrida, básicamente porque nada de lo que me contaban me interesaba. No obstante destacaré algunos parlamentos tan sublimes como todos los que este cine nos tiene acostumbrados. Pero vuelvo a lo mismo: es literatura. Yo vine aquí a ver una película.

Me ha dado un poco de pena que una película argentina me defraude, porque todas las que había visto me habían parecido peliculones, pero bueno, todos tenemos nuestros más y nuestros menos, así que no voy a cesar en el empeño de seguir rebuscando entre las grandes películas de ese país para seguir encontrando joyitas como las que ya conozco. Lugares Comunes se queda con un ojete de monico.

3 comentarios:

  1. escudriñando en mis recuerdos de la peli llegué a la conclusión de que me había gustado menos de lo que esperaba, quizá porque yo sí la vi con una gran predisposición esperando que Aristarain ofreciese un nuevo recital, pero no es el caso. De todas maneras, aún te quedan algunas de las más emotivas del gran cine argentino, como Historias Mínimas, Roma... que seguro que hacen que te reconcilies después de este ojete de monico

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  2. "Si no" no es lo mismo que "sino".

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