17 jun. 2011

Norman Bates y la chica que no se quería quedar muerta

Antes nunca habían hecho esto, pensó Norman Bates mientras observaba a la única cliente que había tenido esa noche, que en ese momento estaba envuelta en la cortina de la ducha de la habitación 1 retorciéndose en el suelo, y que se suponía que estaba muerta.

Los muertos no se retuercen, Norman, le dijo Madre. Y tenía razón, por supuesto. Madre siempre tenía razón.

Aquella noche había empezado como cualquier otra noche en el motel Bates. Norman había cenado, recogido, limpiado y se había sentado en su butaca favorita en la oficina del motel, lejos de Madre, a leer un libro sobre los mayas. Sobre como los mayas hacían sacrificios humanos. Les arrancaban el corazón y los pobres bastardos lo consideraban un honor. Pues menudo honor.

El libro era bastante bueno, pensó Norman. No tenía ni idea de su rigurosidad histórica ni le interesaba, lo que le interesaba era que su autor había llenado el texto de gráficas descripciones de los sacrificios. Norman no tenía ningún problema en imaginar el cuchillo del sacerdote abriendo el pecho del sacrificado. Luego, el sacerdote metiendo la mano en el pecho de su víctima, cogiendo el corazón con sus manos, la sangre fluyendo a borbotones…

Norman dejó de leer, le había parecido oír a su madre. Sería típico de ella, venir a molestarlo justo cuando se encontraba en lo mejor del sacrificio.

Lectura, era eso lo querías decir ¿verdad? No “en lo mejor del sacrificio”, en lo mejor de la lectura.

Sí, claro. Por supuesto, eso era lo que quería decir. Es que Madre me ha distraído.

Fue entonces que oyó un coche entrar en el recinto del motel. Eran casi las once de la noche, sólo un tipo de cliente llegaba a esa hora: el que se había perdido. Norman dejó el libro a un lado y se puso tras el mostrador con la actitud cortés y profesional que había caracterizado siempre al motel Bates. La puerta se abrió y entró la única cliente de la noche. Norman la estudió atentamente: bajita, pelirroja y con una buena dela… dela… figura. Los trámites transcurrieron con la rapidez cansada habitual en la gente que llegaba al motel perdida y sólo quería un lugar en el que dormir, un lugar en el que recuperar fuerzas para afrontar el día siguiente y enmendar todos los errores que habían cometido. Con un desvaído gracias, la chica se fue a su habitación. La número 1.

Norman contó mentalmente hasta 60 y luego fue a mirar al agujero que se ocultaba tras un cuadro paisajístico que había pintado Madre antes de enfermar. El agujero le daba una buena vista de la habitación 1, especialmente de la ocupante de esa habitación. Mientras la chica se desnudaba y se preparaba para ducharse, Norman notó cierto aleteo en… en… sus partes. Y entonces se había aliviado, lo cual era sucio, en eso Madre tenía razón, pero tampoco estaba del todo mal. No, no lo estaba. Y luego se había dormido. Hasta que Madre lo despertó, cubierta de sangre que no era suya, sangre de la pobre chica que había girado a la derecha cuando debería haber ido a la izquierda. Y él había hecho todo lo que cualquier otro buen hijo habría hecho. Y ahora esto.

Todo había transcurrido como siempre hasta que, a las dos de la madrugada, el cuerpo se había empezado a mover. A retorcerse. ¿Podría ser que Madre no la hubiese matado? Al fin y al cabo, él no era médico ni nada, podría haberse equivocado.

Oh, no. Madre las mata bien muertas. Siempre.

Cuando me pongo a hacer algo, soy bastante concienzuda, Norman, ya lo sabes. Aquí está pasando algo extraño. Algo que no es natural.

No sin cierta aprensión, Norman desenvolvió el cuerpo de la chica de un tirón, provocando que el cuerpo saliera rodando. Se fijó en como sus… sus bultos cochinos se movían mientras rodaba por el suelo, lo que volvió a despertar en él cierta excitación. Madre le reprendió por ello: este no es el momento para eso. No, por supuesto que no.

La chica se levantó torpemente. La cabeza ligeramente inclinada a la derecha, la mirada vacía y ausente, la boca abierta. Estiró los brazos y empezó a avanzar torpemente hacia él, que no sabía que hacer, cómo reaccionar. Finalmente, Madre le gritó: ¡Aléjate de esa perdida! Norman salió de la habitación corriendo. Cerró la puerta tras él y se quedó escuchando como la chica que tenía que estar muerta daba golpes contra la puerta, como un perro que no puede esperar más para salir a pasear. No es que él hubiera tenido nunca un perro, un perrito para jugar. Madre no se lo permitió nunca, ni siquiera ahora que era mayor y podía ocuparse perfectamente de un perro. Si cuidaba del motel, igualmente podía cuidar un perrito que le hiciera compañía…

¡Norman! No es el momento de pensar en perritos. Ya tienes una perra de la que preocuparte ahora.

Pero, Madre, ¿qué puedo hacer yo?

Tendrás que matarla. Otra vez.

Pero, pero, pero… ¿Cómo voy a matarla yo? ¡Yo soy incapaz de matar a nadie!

Claro, claro. Eres incapaz de matar a nadie. Pero ponerle veneno al té de tu madre, eso ya es otra cosa, ¿eh?

Venga, Madre. Ya te pedí perdón por aquello. ¿Hasta cuando me lo vas a tener en cuenta?

Ahora da igual. Pero será mejor que se te ocurra rápido.

A Norman sólo se le ocurrió una cosa: seguir el procedimiento habitual. Volvió a entrar en la habitación.

Mientras hacía cola en el almacén para pagar una cortina de ducha nueva, pensaba en la noche anterior. Había sido complicado atrapar a la chica y meterla en el maletero del coche con el que había venido, pero lo había conseguido. El resto fue rutina: hundir el coche en el pantano tras el motel. Aunque esta vez con la novedad de escuchar los ruidos que hacía la chica en el maletero. Golpeando y golpeando, hasta que el coche se hundió. Supuso que seguiría golpeando en el fondo del pantano, aunque no pudiera oírlo. Por un momento pensó que pasaría si alguien descubría el coche allí hundido. Los coches allí hundidos. ¡Menuda sorpresa se llevaría al abrir el maletero de aquel coche! Y tampoco estaría mal que algún día alguien lo descubriera. A lo mejor así se podría librar de Madre, y vivir solo. Solo y libre para hacer lo que quisiese. Como comprarse un perrito.

Finalmente le llegó el turno para pagar.

-Caramba, Norman. Realmente gastas un montón en cortinas de ducha –Le dijo la señora Leigh, la oronda dependienta.

-¿Sí? No me había dado cuenta –dijo Norman Bates.


Por Raul Calvo

5 comentarios:

  1. Los que hayan leído la novela original reconocerán el libro que está leyendo Norman, pensé que estaría bien hacerle un guiño a la novela de Robert Bloch. El resto es mezclar Psicosis con La noche de los muertos vivientes.

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  2. Un buen relato, enhorabuena Raúl, digno ganador.

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