10 may. 2014

El del trasero

Una vez tuve una compañera de piso que era un poco como Mónica pero solo en el sentido malo, en el sentido obsesivo, sobre todo en su obsesión por el orden y la limpieza. Todavía hoy a veces pienso cómo pude aguantar tanto tiempo viviendo con ella, porque sin duda alguna ha sido la compañera de piso más pesada que he tenido en toda mi vida.

La verdad es que cuando me enseñó la casa la vi tan limpia que ni me paré a pensar en por qué estaría así de limpia. Los que habéis buscado habitaciones para compartir alguna vez supongo que ya sabéis que hay que ver mucha mierda antes de encontrar una habitación decente, y a mí eso de vivir en casas sucias siempre se me ha dado regular, así que me dejé atrapar por este pisito en Madrid que olía a recién fregao y me instalé a vivir con Maribel.

Maribel ya desde el primer día dejó las cosas claras en cuanto a cómo funcionaban las cosas en esa casa. Creo recordar que una cuchara fue el objeto de nuestra primera disputa, que llegué a casa tan cansada por la noche que me comí un yogur, dejé la cuchara en el fregadero, y me fui a la cama. Al día siguiente Maribel me explicó que antes de irnos a la cama todo lo que esté en el fregadero tiene que ser fregado, porque si no deja malos olores. Porque una cuchara de yogur puede apestar una casa entera.

No obstante el día grande fue cuando invité a unos amigos a comer a casa y comimos unos filetes de lomo con sus patatas y su buena ensalada, y, loca yo, nada más hacer los filetes nos sentamos a comer en vez de haber fregado la cocina antes. Ese día me llamó guarra. Y yo me reí. Y creo que eso la volvió del todo loca ya. Loca hacia mí, que en la vida ya lo estaba.


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